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Lucas 1:5-56


Eso fue lo que le pasó al pueblo de Israel.

Por cierto, también a los personajes de esta historia: Zacarías, Elisabet, José y María.

Después de que el pueblo de Israel regresó de Babilonia y se estableció en Jerusalén, reconstruyeron el templo, muros y la ciudad. Hicieron profundas reformas religiosas para asegurarse de no volver a desobedecer a Dios.

Por unos quinientos años, el pueblo esperó la llegada del Mesías, de ese Rey, que los salvaría de una vez por todas.

Anhelaban volver a los tiempos de esplendor, como en la época del rey David. A lo largo del tiempo, Israel ha vivido bajo el sometimiento de egipcios, asirios, babilonios, medos, persas, griegos y romanos.

Al tiempo del pasaje que leemos, Israel está bajo el dominio del imperio Romano.

Esperan un salvador en forma de un gran guerrero libertador.

Regresando al pasaje.

Ni Elisabet ni María esperaban un bebé.

Una, Elisabet, por cuestión de la edad, quizás ya había perdido la esperanza; la otra, María, por su estado civil, desposada.

Elisabet y Maria son un retrato del pueblo de Israel.

Israel como Elisabet, era un pueblo escogido desde la antigüedad por Dios para ser un reino de sacerdotes (un pueblo diferente, dedicado a Dios), con el privilegio de haber recibido la ley de Dios y por lo tanto, con el deber de vivir bajo las demandas de esa ley.

Después de todo este viaje por el Antiguo Testamento, hemos visto que Israel no pudo cumplir con su compromiso en el pacto con Dios; no daba fruto, era estéril.

Israel como María, estaba comprometido con Dios.

Israel estaba en una relación especial con Dios, era la desposada de Dios.

Israel estaba comprometido con Dios; aún no se consumaba el matrimonio, pero tenía la obligación de ser fiel y comportarse como si estuviera casado.

Israel era la niña de sus ojos; el pueblo a quien Dios había amado porque había querido amar, a pesar de ser nada especial.

Israel había recibido la gracia de Dios a cambio de nada.

El favor de Dios solo puede ser correspondido con fidelidad.

Pero María al estar embarazada estaba faltando a su compromiso con José.

Lo cual implicaba haber sido infiel.

Israel había sido infiel a Dios porque se dedicaron a cumplir externamente con su compromiso en el pacto. Practicaron rituales y olvidaron la devoción a Dios desde el corazón.

Dios hace lo que nadie. En nuestra infidelidad, en nuestra indignidad nos ama y nos invita a estar en relación con Él, en compromiso.

María no había pecado. Había concebido por un acto poderoso de Dios.

Pero a los ojos de los demás, del pueblo, que solo veía lo exterior, que seguía la ley por formalidad, sí había pecado, había cometido una indignidad.

Dios se vistió de indignidad, se hizo humano; vino a los infieles el Fiel eterno Dios.

En la infidelidad humana, Dios extendió su gracia.

Dios mismo se hizo hombre para salvarnos.

En el tiempo exacto llegó.

Es el tiempo de salvación.

Solo nos queda glorificar a Dios.

“Entonces dijo María: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí. ¡Santo es su nombre! De generación en generación se extiende su misericordia a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; desbarató las intrigas de los soberbios. De sus tronos derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió con las manos vacías. Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre».”

Aquí el resumen:

Desesperanza

Infidelidad

Gracia

La salvación ha llegado..

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