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La Reforma y la lectura de la Biblia

Ayer, 31 de octubre, se cumplieron 500 años del inicio de la Reforma.

Pensando en esta fecha y repasando para la clase de Historia de la Iglesia, me quedé mirando una pared de la oficina.


La Biblia de Ginebra fue publicada en 1560.

Fue la versión en inglés más popular hasta que se publicó la King James. Shakespeare, John Bunyan, John Milton y los peregrinos que llegaron a Estados Unidos, la usaron.

Era una versión única, ya que fue la primer Biblia en contener la división de capítulos y versículos así como notas al margen con comentarios realizados por los reformadores de la época, incluyendo a Juan Calvino.

La lectura individual de la Biblia produjo un avivamiento espiritual. Los precusores de la reforma, Pedro de Valdo en Francia, Juan Huss en Praga o Wycliffe en Inglaterra, todos tienen en común algo: Al leer la Biblia descubrieron que es la Biblia quien tiene la autoridad para guiar al creyente.

La reforma naturalmente condujo a la traducción de la Biblia a los idiomas europeos. El propio Lutero, en 1534, hace una traducción del Nuevo Testamento al alemán.

Entonces, toma auge la necesidad de cada creyente tenga una Biblia en su idioma.

Hoy podemos encontrar una Biblia hasta en el supermercado o tener almacenadas en un librero tres o cuatro ejemplares.

La reforma trajo la idea de ir a la Escritura, volver a la centralidad del evangelio.

Recuerdo un pasaje en el capítulo dos del evangelio de Juan.

Jesús va al Templo en Jerusalén y lo ve lleno de mercadería. Su reacción fue inesperada: Tomó unas cuerdas, hizo un látigo y echó a los vendedores, volcó mesas y regó el dinero que había, mientras exclamaba a gran voz “¿Cómo se atreven a convertir en mercado la casa de mi Padre?”

Los discípulos extrañados pronto pudieron encontrar un justificación. Dice el evangelio que: “Sus discípulos se acordaron de que está escrito: «El celo por tu casa me consumirá.»”

Hoy, nuestra generación necesita un Salvador. Ese Salvador es Jesús. Pero se le mira extraño, ajeno, loco, fuera de contexto, de la misma manera en que Jesús limpió el templo, a la que llamo “casa de mi Padre”. ¿Qué hizo sentido en los discípulos? Acordarse lo que está escrito.

Hoy, esta generación necesita un Salvador; mientras que los discípulos del Salvador, necesitan comenzar por acordarse de la Escritura.

Necesitamos recobrar el sentido común de las cosas para poder presentar a Jesús como Salvador de esta generación que está buscando la verdad en la falsa libertad de la subjetividad.

Necesitamos regresar a la Escritura.

Este pasaje concluye con un desafío que hace Jesús a los judíos: “Destruyan este templo—respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días.”

Por supuesto que hubo una respuesta dura de parte de los judíos: “Tardaron cuarenta y seis años en construir este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?”

Los contemporáneos de Jesús seguían sin comprender nada, ni judíos ni discípulos podían entender estas ideas.

Pero unos años después, Jesús fue llevado a la cruz, donde murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Fue entonces, que los discípulos pudieron entender completamente lo que Jesús estaba haciendo y diciendo:

“Pero el templo al que se refería era su propio cuerpo. Así, pues, cuando se levantó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.” Otra vez, lo que trae sentido a los discípulos es acordarse de las palabras de Jesús para unirlas a toda la Escritura.

¿Cuál fue el resultado? Creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.

Hoy, necesitamos presentar a Jesús a está generación y la manera de hacerlo es corriendo a la Escritura, recordar lo escrito porque eso es lo que va a producir fe. Cada generación necesita una “reforma”, un mover hacia la Biblia y todo comienza con leerla.

Así, fácil, tienes un ejemplar de la Biblia, ¡comienza a leer hoy!

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“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;” Mateo 5.38–39