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Esdras 3

Un decreto emitido por Ciro, rey de Persia, permitió el regreso a casa de un grupo de unos cuarenta mil trescientas personas.

No debió ser una decisión fácil dejar Babilonia.

Cambiar la vida urbana, en la capital cosmopolita de aquella época, para aventurarse a un viaje de mil kilómetros, cinco meses de camino largo, pesado y peligroso para regresar a la ciudad natal de sus padres, a Jerusalén, una ciudad en ruinas.

Llegaron, se instalaron y comenzaron a trabajar.

Un nuevo comienzo.

Una nueva oportunidad.

Si hoy tuvieras la posibilidad de volver a empezar, ¿por dónde arrancarías?

Este primer grupo tenía claro por dónde debía comenzar: reconstruir el templo.

Era una gran empresa reconstruir el templo.

No se desanimaron, al contrario, se unen como un solo hombre.

Comenzaron por lo básico.

Reconstruyeron el altar.

Inmediatamente, comenzaron a ofrecer de mañana y tarde sacrificios a Dios.

Todo lo hicieron conforme a la ley.

¡Qué interesante estrategia!

No esperar tener todos los recursos para edificar el templo.

Con lo que tenían a la mano, con lo esencial, se dedicaron a restablecer la adoración a Dios.

Funcionando el altar para ofrecer sacrificios, con los recursos económicos disponibles, continuaron con la obra.

Dieron dinero a los albañiles y carpinteros.

Negociaron madera de cedro a cambio de productos alimenticios y así, en unos cuantos meses, echaron los cimientos del templo.

Tu pensarás, ¿hacer una celebración por los cimientos?

¡Claro! Había mucho que celebrar: La fidelidad de Dios

Pasaron setenta años y se cumplió la promesa de restauración.

Están en casa, están en Jerusalén

“Todos daban gracias al Señor, y a una le cantaban esta alabanza: «Dios es bueno; su gran amor por Israel perdura para siempre.» Y todo el pueblo alabó con grandes aclamaciones al Señor, porque se habían echado los cimientos del templo.”

El pueblo de Israel había fallado al pacto adorando a ídolos en lugar de Dios.

No sé si te has percatado de algo.

El pueblo de Israel nunca dejó de celebrar los rituales establecidos en la ley, en el propio pacto.

Era una cuestión externa, un formalismo, es decir, religiosidad.

Cumplían con rituales pero su corazón estaba lejos de Dios.

Por eso, ese primer grupo que regresa a casa, sabe que lo fundamental es reconstruir la adoración a Dios.

Su primer objetivo, incluso antes de reconstruir la ciudad, sus casas, la muralla, es reedificar el templo.

Y comienzan bien.

Queremos tener todo funcionando para buscar a Dios.

Es más, culpamos a Dios por no poderle buscar.

¡Si el desastre lo provocamos nosotros!

Si nuestra vida está en ruinas, no fue a causa de Dios, fue resultado de mi pecado.

Adoremos a Dios, busquémoslo de todo corazón.

En las ruinas, en las cenizas, en la miseria de nuestra vida, hagamos una altar a Dios.

No esperes a que todo este perfecto.

¡Ya tienes la gracia de Dios a tu alcance!

Llegaste a casa, ya estas en Jerusalén, la ciudad de Dios.

Descansa, corre, ve y adora a Dios.

Reconstruye tu altar personal a Dios.

No tardes, no tengas miedo, pon los recursos que tengas a la mano y asegúrate de poner los cimientos de tu nueva vida en adoración a Dios.

Aquí el resumen:

De Babilonia a Jerusalén.

Nuevo comienzo.

Nuevos cimientos.

Un altar.

Celebración.

Dios es digno de adorar.

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