• Leer La Biblia

Cuatro pasos para leer la Biblia

“Hijo mío, si recibieres mis palabras, Y mis mandamientos guardares dentro de ti, Haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; Si inclinares tu corazón a la prudencia, Si clamares a la inteligencia, Y a la prudencia dieres tu voz; Si como a la plata la buscares, Y la escudriñares como a tesoros, Entonces entenderás el temor de Jehová, Y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, Y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia.” Prov. 2:1-6
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Salomón fue el tercer rey en Israel. A él, le aplicaba directamente el mandamiento que expusimos en la entrada anterior (Dt.17:18-20):

  1. Transcribir la ley

  2. Leer la ley todos los días de su vida

En esta porción del libro de Proverbios, en los primeros ocho capítulos, percibimos un tono paternal en Salomón: “Hijo mío….”

Salomón está hablando como padre, como maestro, como rey, a alguien que tendrá que heredar su trono y le va a explicar como hacer esto de leer todos los días.

El objetivo de toda lectura es entender lo que leo.

El objetivo de la lectura de la Biblia es ENTENDERLA.

El objetivo de Dios al inspirar la Biblia es que podemos entender.

Leer para entender y para entender leer

Cuando comenzamos a leer la Escritura no entendemos lo que leemos.

No entender lo que leemos dificulta o estorba el perseverar en la lectura.

En el pasaje de Proverbios 2:1-6, encuentro CUATRO cosas que hacer con la Palabra de Dios, cuatro AYUDAS para leer la Palabra de Dios:

RECIBIR-INCLINAR-CLAMAR-BUSCAR

1. Recibir

¿Qué actitud debo tener frente a la Palabra de Dios? Recibir, brazos abiertos, dar la bienvenida.

¿Entiendes cómo es que funciona la energía eléctrica en tu casa? O ¿Cómo es que el refrigerador enfría los alimentos? ¿Conoces la tecnología que hace que tu móvil sea pantalla touch?

Yo no, no lo sé y no vivo frustrado por ello. Simplemente, disfruto de esos beneficios tecnológicos.

¿Por qué nos sucede lo contrario con la Palabra de Dios, no entendemos, nos decepcionamos, nos cansamos y no seguimos?

Apenas nos topamos con un pasaje que parece no tener una explicación sencilla abandonamos la lectura e, incluso, dudamos.

¿Por qué no comenzamos por recibir, por guardar, por atesorar su Palabra?

Cuando alguien llama a la puerta de nuestra casa, puede suceder que sea un extraño o una persona conocida. En ambos casos, abrimos la puerta, saludando y dando la oportunidad de que esa persona nos diga a qué ha venido a nuestra casa.

Cuando comenzamos a leer, necesitamos saludar el texto, dejar que nos hable, que entre a nuestros ojos, a nuestra mente, a nuestros sentidos. Tenemos, simplemente, que recibir el texto.

No estoy diciendo que debemos hacer a un lado la mente; por el contrario, vamos a RECIBIR el texto en nuestro cerebro, vamos usar nuestra mente.

La meta principal de leer es entender, y este proceso de entender se comienza RECIBIENDO, saludando, relacionándome con el autor. Conociendo al que escribió, percibiendo lo que piensa y lo que quiere decir, incluso antes de entender lo que piensa y dice.

¿Por qué darle tanto valor a la Escritura? Porque es la PALABRA DE DIOS y de donde viene la sabiduría e inteligencia? De la boca de Dios, de sus palabras.

Lo primero, al leer la Escritura es RECIBIR, GUARDAR su Palabra: Dejarla entrar, como cuando abrimos la puerta a un visitante a nuestra casa.

Deja pasar a tu corazón, la Palabra de Dios. No la rechaces, no la evites.

2. Inclinar

Mientras que el paso anterior habla de una actitud, este paso me hace imaginar una postura.

¿Te ha pasado (a mi me pasa seguido, mido un metro con noventa y tres centímetros de estatura) tener que agachar la cabeza para poder escuchar mejor a una persona?

O, ¿te ha sucedido cuando quieres escuchar algo, de pronto hay otros ruidos que se mezclan y confunde haciendo muy difícil poner atención? ¿Qué hacemos? Mi abuela decía: “¡Para oreja, hijo!”

Me encanta ver a mi perro, como levanta las orejas. A veces ni siquiera hay un ruido que yo pueda percibir, pero el si, esta levantando las orejas y olfateando.

Perdona mi ejemplo anterior, pero frente a la Palabra de Dios, me gustaría ser como mi perro, que estira y levanta sus orejas, para oír, para no perder ningún detalle.

La idea aquí no es: “¡eh, todos callen!” o “¡bajen el volumen!”. Cuando leemos hay mucho ruido en la mente: Tareas pendientes, preocupaciones, conocimiento previo, etcétera. Pero, YO debo hacer que mi oído escuche lo que Dios dice.

Hay un momento en la lectura en que el texto provoca conversaciones en nuestra mente porque la lectura es un proceso de comunicación, es una CONVERSACIÓN.

Esa conversación está lidereada por el autor del texto, debe ser la voz del autor la que domine la lectura del propio texto y no lo que yo, el lector, creo que significa el texto.

Muy a menudo sucede “teléfono descompuesto” cuando leemos.

En el proceso de lectura, este paso significa leer varias veces el texto hasta que el texto sea tan fuerte en nuestra mente que cualquier otra idea o pensamiento ajeno al texto o pase a un segundo plano, a un volumen bajo.

Soy yo quien tengo que adoptar una POSTURA, una POSICIÓN que permita que a pesar del ruido, yo escuche la Palabra de Dios. Eso se llama concentración o hacer estar atento el oído.

La Palabra de Dios no se escucha con el oído sino con el corazón, por eso inclinar mi corazón haciendo estar atento el oído.

Déjame ilustrar esta idea con un ejemplo musical. Cada instrumento musical emite sonidos. Esos sonidos ordenados entre sí producen música.

La guitarra, un instrumento de cuerda, para que emita sonidos agradables, necesita estar en un tono, en una frecuencia, afinada para que al interactuar con los otros instrumentos haya un sonido armónico.

El guitarrista, no decide en que frecuencia o tono afinar su guitarra. Hay un tono o frecuencia establecido para eso.

El guitarrista debe afinar su guitarra a esa frecuencia. No al revés.

La Biblia, la Palabra de Dios es esa frecuencia calibrada. Nosotros debemos sintonizarnos a esa frecuencia, afinarnos a ese tono. No al revés.

No emitas tu propio sonido; no quieras entender lo que lees a tu modo. Inclina tu oído para escuchar el tono que la Palabra está emitiendo y luego imítalo, reprodúcelo en tu vida.

3. Clamar

Reconocer nuestra incapacidad, nuestra necesidad de explicación del texto bíblico.

La Palabra de Dios es ilustrada como una espada de doble filo que penetra hasta lo más profundo del alma.

Eso duele.

Hay un momento en el proceso de la lectura de la Biblia qué hay dolor, por la incapacidad natural de entender las cosas de Dios pero también al mirar nuestra propia vida y corazón que se aleja de Él.

Hay un momento, una etapa de la lectura que nos rompe, nos desespera, nos quiebra. Es cuando queremos abandonar, quieres botar todo…

Casi todas las cosas que uno puede hacer “bien” son el producto de un clamor y dolor en privado.

Se trata de callar mis conceptos, mis ideas, mis motivos para dar a lugar, para “dar mi voz”, a la prudencia, a la Palabra de Dios y así comenzar a adoptar los conceptos del texto bíblico a mi vida.

4. Buscar

¿Has pérdido algo valioso? No tiene que ser algo valioso para los demás, simplemente, algo que necesitas o usas mucho.

¿No hay desesperación?

Una vez se me perdió mi hijo. En realidad no se me perdió, simplemente él decidió cambiar de ubicación. Sucedió en una plaza comercial, por unos treinta o cuarenta segundos (yo sentí como si fueran horas debajo del agua) lo perdí de vista. Sentí que me moría, daba vueltas y buscaba a mi alrededor. Mi hijo estaba con su mamá, dentro de una tienda, mirando cosas y no me avisaron.

¿Qué tal cuando no encuentras las llaves del auto o la cartera? Comienzas a buscar como si fueras detective o policía.

Debo estar dispuesto a indagar y escudriñar lo que leo para poder entender.

  1. Todo lo que necesito para entender la Escritura está en la Escritura.

  2. Todo lo que Dios quiere que yo sepa de Él esta en la Biblia.

  3. La Biblia no dice todo de Dios, porque Dios es Dios y es infinito, pero si habla suficientemente para conocerle y para creer en Él.

Necesitamos buscar, indagar, investigar y escudriñar.

En esta etapa, buscar implica leer escudriñando, estudiando a detalle el texto, interrogando al texto.

En este momento, después de recibir el texto, concentrarnos y pedir ayuda, necesitamos seguir leyendo, pero haciendo preguntas al texto.

¿Qué clase de preguntas? Las preguntas básicas del reportero o detective:

¿Qué?

¿Quién?

¿Cómo?

¿Cuándo?

¿Dónde?

Leeremos el texto suficientemente hasta que podamos responder estas preguntas.

El texto bíblico se convierte en una escena forense. Lo único que tenemos para encontrar entendimiento, significado está en ese pasaje que estamos leyendo y en la propia Biblia, en su conjunto.

Entonces, tengo que pasearme por la escena forense, cuantas veces sea necesario, hasta poder responder satisfactoriamente estas preguntas y entonces pueda hacer una reconstrucción en mi mente de los hechos, situaciones, problemas, soluciones o enseñanzas que la Escritura está proponiendo.

Conclusión

¿Cuál es el resultado de este proceso?

Entender el temor de Dios y hallar el conocimiento de Dios.

Leer para entender y para entender leer.

Cuando busco entender leo y al leer sigo un proceso de cuatro pasos:

RECIBIR-INCLINAR-CLAMAR-BUSCAR

Este proceso no comienza vacío, sin rumbo. Cuando leo el texto bíblico, el pasaje que sea, el propósito al leer será entender y entender que entre cada línea, palabra o signo, está el temor de Dios, el conocer más a Dios.

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