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Cuando la fe está destruída

Es difícil no tener una agenda.

Con la masificación del móvil o celular, todos tenemos acceso a una agenda.

En la agenda no solo podemos organizar nuestras actividades cotidianas. También registramos fechas importantes, cumpleaños, aniversarios, pagos, eventos.

También registramos contactos, teléfonos, domicilios, correo electrónico.

Me atrevo a decir que no podríamos vivir sin tener conciencia del tiempo.

En el año tercero del reinado del rey Joacim de Judá, el rey Nabucodonosor de Babilonia vino a Jerusalén y la sitió. El Señor permitió que Joacim cayera en manos de Nabucodonosor. Junto con él, cayeron en sus manos algunos de los utensilios del templo de Dios, los cuales Nabucodonosor se llevó a Babilonia y puso en el tesoro del templo de sus dioses. Daniel 1.1–2 (NVI):

En la agenda de Daniel, hay un evento marcado.

El día en que Nabucodonosor, rey de Babilonia llegó a Jerusalén y la sitió.

Daniel debió ser un niño en ese tiempo.

Tres años duró el sitio de Jerusalén pero el final no comenzó ahí.

Joacim fue un rey impuesto por Faraón.

Judá asediado por los asirios y, luego, por los babilonios busco protección en Egipto en lugar de confiar en Dios.

Ahí comenzó el final.

A veces las consecuencias de nuestros actos, cuando nos sentimos “sitiados” son el resultado de pasadas malas decisiones.

Pero es importante entender que el mensaje de Daniel, que la memoria de Daniel, los sucesos y los eventos están controlados por Dios.

“El Señor permitió…”

No fue el poderoso rey Nabucodonosor.

No fue una ingeniosa maniobra militar.

Fue el Señor quien permitió que Joacim cayera en manos de Nabucodonosor.

No debe sorprendernos la desgracia ni el desastre.

Un rey, Joacim, tomó malas decisiones.

Las consecuencias fueron un sitio, que duró tres años.

La destrucción vino repentinamente. No había más que hacer.

De pronto Daniel, un muchacho de alrededor quince años es expulsado de su tierra y llevado cautivo a un país que no conoce.

El mundo le cambió.

Daniel no hizo nada, ¿qué pecado esta pagando? ¿Qué maldición tiene?

No es personal.

No es una maldición.

Dios no se ha olvidado de él, ni de su familia, ni de su vida, ni de su futuro.

Dios es el Señor, el que manda, el que tiene el control.

Hay situaciones en nuestras vidas que nosotros no provocamos pero son dolorosas, son catastróficas.

¿Por qué culpar a Dios?

¿Cómo cambiaría nuestra vida?

¿Cuánta amargura sacaríamos del corazón si tan sólo pudiéramos reconocer “El Señor lo permitió”

Daniel está lejos de casa, probablemente sin su familia, sin mamá, sin papá.

Daniel está en Babilonia, la capital del mundo en su época; una ciudad pagana, corrupta, que exalta todo, exactamente todo, lo que a Daniel le enseñaron a no practicar.

¿No debería ponerse a llorar?

¿No debería renegar De Dios?

¿No debería culpar al rey, a sus padres, incluso a Dios por lo que le pasa?

Daniel nos cuenta algo más, los utensilios del templo de Dios fueron tomados y llevados también a Babilonia y puestos en otro templo, en el templo de un dios babilonio.

Los símbolos en nuestras vidas son importantes.

Pienso en mis abuelas. Las dos tenían algo en común. Tenían sus utensilios, sus tesoros. Guardaban muchas cositas. Fotos, plumas, llaves, llaveros, cucharas, todo lo que puedas imaginar.

Para mí era un enigma y por lo tanto despertaba mi curiosidad entrar a la recámara de la abuela y mirar la disposición de todas sus cosas sobre su tocador.

Aun más me asaltaba la curiosidad por saber que había en los cajones, en los entrepaños del ropero bajo llave ¿qué habría tan valioso por ahí?

Nada realmente; bueno, muy valioso en recuerdo y sentimiento.

Para Daniel, los símbolos, los “utensilios” representaban algo.

Eran algo sagrado.

En ellos estaba también la representación del culto a Dios pero también la representación de la historia de su pueblo.

Los utensilios recordaban el pacto de Dios, la gracia de Dios, la salvación de Dios para con el pueblo de Israel.

Desde que el pueblo de Israel salió de Egipto comenzaron un viaje de regreso a una tierra que Dios le había prometido a Abraham.

A partir de ahí se construyeron estos símbolos y utensilios.

No solo la ciudad está sitiada, los utensilios han sido robados, ensuciados y envilecidos. Ahora permanecen en el templo de un dios babilonio.

Daniel no solo miró la ciudad sitiada.

Daniel fue testigo del robo de estos utensilios. El lo miró con sus propios ojos.

Pudo contarnos como fue su viaje de deportación a Babilonia.

Si tuvo hambre o cansancio. Si lo golpearon. Si estaba triste o contento.

Para Daniel es importante decirnos que los utensilios del templo de Dios fueron llevados a Babilonia y se pusieron el templo de sus dioses.

Nuestra fe en Dios no puede estar en ningún “utensilio”.

La ciudad está sitiada. Los utensilios robados.

Cuando sentimos que la fe está destruída tenemos que recordar que nuestra fe no puede estar sustentada en circunstancias ni sentimientos ni en símbolos ni en “utensilios” sino en El SEÑOR.

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