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Cuando la ciudad está destruida

En el año tercero del reinado del rey Joacim de Judá, el rey Nabucodonosor de Babilonia vino a Jerusalén y la sitió. El Señor permitió que Joacim cayera en manos de Nabucodonosor…” Dn 1.1-2a

Este pasaje relata el sitio de Jerusalén. No hay detalles sobre como fue.

Hay fecha y nombres.

Un encuentro de reyes y ciudades.

Un Dios, Señor Soberano, que permite la conquista.

Es la conclusión de una historia larga de necedad porque desde Acab hasta Sedequías, los reyes de Israel nunca se volvieron completamente a Dios.

Israel es el pueblo del pacto de Dios y no cumplirlo tenía consecuencias.

Dos años estuvo sitiada Jerusalén, lo que implica, hambre en el pueblo, miedo, angustia.

El rey Sedequías quiso huir y abandonar la ciudad pero fue apresado.

Degollaron a sus hijos en su presencia.

Ocho años después, el templo es quemado y destruido junto con la ciudad de Jerusalén.

El pueblo fue llevado cautivo a Babilonia.

Quedaron solo los pobres de la tierra por ahí, en medio de despojos y se les puso un gobernador.

El consejo del gobernador a los moradores fue:

“No temáis ser siervos de los caldeos; habitad en la tierra, y servir al rey de Babilonia, y os irá bien” 2 Reyes 25:24

En medio de semejante catastrofe, este consejo es lo más sabio y prudente.

Si sobreviviste y sigues en tu tierra, aunque destruida, pues hay que labrarla para comer y ha que buscar la manera de reconstruir.

Alguien se levantó contra el gobernador y lo asesinó y todo el pueblo con lo que quedaba del ejército, huyó a Egipto.

¿Por qué hicieron esto?

Por temor a los caldeos.

Por la obstinación del corazón.

Treinta y siete años después, un nuevo rey en Babilonia liberó a Joaquín, rey de Judá; le hizo sentar a su mesa y asegurarle sustento.

En todo este pasaje podemos ver la soberanía y la gracia de Dios.

A través de tanto dolor, Dios manifiesto su gracia, porque Dios tenía que corregir el pecado del pueblo.

Hubo consecuencias, fueron terribles.

Hubo gracia de Dios cuando es claro el consejo para el pueblo, pero no obedecieron.

Ellos quedaron atrapados en Egipto.

Quiero vivir bajo la gracia de Dios y humillarme ante el Dios soberano.

No quiero ser obstinado, quiero obedecer y responder a Dios bajo cualquier circunstancia.

Política.

Si observas el texto, es un texto que habla de reyes, poderes.

El rey Joacim y el rey Nabucodonosor.

Un pueblo conquistado.

Una ciudad destruida.

Un pueblo cautivo.

Vivimos en medio de una lucha de poder. Vivimos en medio de la política.

Dirán alguno que el poder concentrado en el Estado a través de las leyes ha permitido la construcción de sociedades libres donde los individuos han alcanzado prosperar.

Es cierto, en parte.

Pero no ha acabado la injusticia, la pobreza…

En México estamos viviendo una nueva etapa política.

El nuevo gobierno está poniendo fin a todo lo que represente el “viejo régimen”.

Dependiendo de nuestra orientación, cultura, y gustos, unos se sienten amenazados; otros, con esperanza.

¿Quién tiene la razón?

Nadie, porque la ciudad está sitiada.

Lo más decepcionante. Mirar peleas y conflictos en redes sociales entre creyentes que estando en diferentes polos partidistas se atacan, se burlan, se dividen.

Nadie tiene la razón porque la ciudad está destruida.

Me pregunto ¿qué debemos hacer?, ¿qué debe hacer la iglesia cristiana evangélica en México?

Me pregunto si para el nuevo régimen, la iglesia representa esas cosas viejas que deben cambiar.

Si es así, podríamos sentirnos amenazados; si no, complacientes.

La ciudad -el país, la política, la economía, la sociedad- está sitiada.

Necesitamos voltear a Dios, esperar y no pelear.

Cuando la ciudad está destruída necesitamos entender, Dios está en control, confiar en Él porque en medio del caos está Su plan de salvación.

Las cosas no pueden ser igual, hay un conflicto de reyes y de reinos.

No podemos comportarnos igual.

Consideremos el consejo:

No temer.

Vivir.

Servir.

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